Lo admito,
esto me sucede por lo menos cada dos años.
A veces, menos, pero es normal. Mañana, el circo, la lluvia y el llanto.
Luego, la noches, las ansias, la sonrisa sin razón.
Y de nuevo, ella:
la incierta figura de ella.
Sombra pues, o una silla vacía.
Pero es ella, claramente.
O al menos estará claro hasta que salga el sol.
En fin,
hay que admitirlo.
Viajar en autobús ya no es lo mismo.
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