Soledad, amante y compañera,
hoy venís de nuevo y te posás en la cabecera
de mi lecho,
a romper el ruido moribundo
y sembrar el gris-silencio
en la caótica ciudad.
Soledad, silenciosa dama,
la nocturna llama
en los arrebatos del corazón.
La que contempla mis noches
y los deslices luna-cobre
del placer de no morir.
Soledad, que me acaricia la frente
me sonríe,
me dice detente, falta mucho por andar...
Me aconseja guarde fuerzas,
quedan muchas penas que llorar...
Soledad, vos siempre estarás...
C. Del Valle
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